Jorge era amigo mío desde 1984. Cuando se casó con Adriana, su novia de toda la vida, aun no habíamos terminado la preparatoria. Recuerdo que ellos siempre andaban juntos; y aunque hacían una bella pareja, ahora que lo pienso, no creo que haya sido tan buena idea que involuntariamente se asfixiaran de tal forma. Y con esos recuerdos atropellados y poco lúcidos dejamos de vernos cuando terminamos la escuela. Él era un tipo maduro, mucho más brillante que yo y con muchos proyectos de vida que yo no tuve ni en aquel entonces ni ahora, treinta y tres años después, cuando Facebook hizo que nos reencontráramos.
Por inbox le invité a tomar un café y acordamos el día y la hora: Llegué puntual a la cita, y él ya estaba ahí, mirando la pantalla de su celular sin siquiera notar que yo me acercaba a su mesa.
Nos saludamos con un abrazo que sentí sincero. Me encontré a un Jorge canoso, con una barba descuidada y con una voz que no logré descifrar si era de parsimonia, de cansancio físico o de hastío. No se lo dije, como seguramente él también pensó pero no me dijo nada de mi cabeza casi calva, mi exceso de peso y muchos otros descuidos que cualquiera que me conoció décadas atrás podría detectar a leguas.
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Paralelamente a mi encuentro con mi ex compañero de prepa, en ese entonces yo tenía una situación con las obras del compositor ruso Dmitri Shostakovich. Y es que sus obras o las odio o las amo pero a la fecha ninguna ha pasado desapercibida. Me conflictúa que me gusten las obras que los críticos despedazan y me repelen las que aplauden. Me conflictúa el entorno social y laboral en que las que compuso. Me conflictúan muchas cosas de ese compositor.
Por esas fechas vi Lady Macbeth del Distrito de Mtsensk, cuya música fue compuesta por Shostakovich y cuyo interés por ver esa ópera se inflamó después de que leí un libro donde el violonchelista Carlos Prieto documentaba que en su estreno en 1934 la crítica había calificado a la música de esa obra como “pornofonía”.
En esa ópera el principal personaje es Katherina, una joven infeliz porque su esposo se la pasaba viajando y porque no podía engendrar hijos. Durante un largo viaje de su marido, ella quedó en resguardo de su suegro quien además de ser un machote a la rusa, también quería cogérsela.
Y como en ese entonces no había ni internet ni YouPorn, una mañana Katherina encontró a un trabajador llamado Serguei acosando sexualmente a una empleada de la hacienda del suegro. Y no obstante que Katherina sabía que Serguei era un caliente, ella y él se enamoraron.
Más que el amor, el bagaje de conflictos no resueltos siempre arrastran consecuencias, ya sea en la Rusia del Siglo XIX, o en los capítulos de la Rosa de Guadalupe o en la vida real. Así que el efecto dominó de ese amor prohibido hizo que Katherine acabara asesinando a su suegro, a su marido, a la amante de Serguei y hasta a ella misma.
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- Me da mucho gusto volver a verte, Jorge. ¿Qué ha sido de ti? , ¿Cómo está Adriana?-
El semblante de mi amigo se desfiguró. Quizás ese ceño de fastidio con el que lo encontré al llegar a la cafetería era porque sabía que yo le haría esa pregunta. Aun así respondió:
-Pues hace mucho que no nos vemos, hay muchas cosas que contar: Luego de que me casé con Adriana, compré una casita allá por Ecatepec, tuvimos dos hijas; y las cosas parecían bien hasta que un día cambié de celular y al respaldar la información del viejo teléfono a la computadora que usábamos en la casa, se pasaron unas fotos que hicieron que mi vida con Adriana se volviera un infierno-.
Yo no pregunté por el contenido gráfico de las fotos. A estas alturas no me sorprendería nada de lo que me hubiera podido contestar. Él siguió contándome:
- Las cosas no fueron buenas a partir de ahí. Eran unos celos enfermos, y unos reclamos que paraban unos días, o semanas pero siempre volvían -.
- ¿Y qué hiciste, cómo resolviste tus problemas?- le pregunté.
- Yo tenía cola que me pisaran, y no quiero evadir mi culpa, pero tú mejor que nadie sabes que Adriana fue mi primera y única novia cuando me casé. Y así fue durante mucho tiempo. Entonces pensé que sería buena idea que para estar en igualdad de circunstancias, ella saliera con algún amigo y sintiera que esta inquietud por salir con alguien nuevo estaba mal, pero por otra parte generaba mucha adrenalina-.
Mientras más hablaba, él mismo subía con entusiasmo el tono de su voz:
- Le tomó tiempo aceptar salir con un amigo de su trabajo, que en un principio pensé que era imaginario y que solo lo había inventado para generarme celos. Así que la única condición fue que se vieran en nuestra casa. Te digo que yo pensé que Adriana solo estaba inventándome a su pretendiente, pero cuál fue mi sorpresa cuando el día acordado tocaron el timbre y apareció un mono flaco, mucho más joven que ella, de pelo negro, como darketo.
Continuó: -Con una mezcla de sorpresa y escepticismo por que las cosas hubieran llegado a ese punto, les serví un tequila y me subí a ver la tele a la recámara de mis hijas, que para entonces se habían ido a dormir a casa de mi cuñada-.
- ¿Y apoco neta te fuiste a ver la tele mientras estaba otro wey con Adriana en la sala de tu casa?- Pregunté.
- Claro que no: yo me asomaba desde las escaleras cuidando que no descubrieran que los estaba espiando. Vi cómo ese cabrón le acariciaba las piernas a Adriana. Pero aunque ella se dejaba, tengo que reconocer que no hizo nada hasta que después de unos minutos noté que se incorporaba del sillón donde ellos estaban. Yo me tuve que regresar corriendo a hacer como que estaba mirando la tele en la recámara de mis hijas.
Cuando ella subió a la recámara le pregunté que qué estaban haciendo y ella con su voz entrecortada me dijo que nada, pero que él le había pedido darle un beso. Eso era mentira, porque si bien es cierto que no habían cogido todavía, sí los vi fajando antes de que ella subiera-.
-Oye Jorge, ¿y qué sentiste? – Mi pregunta era con mucha pulla; y luego me sentí mal por ello, como si yo nunca hubiera sentido lo que mi amigo sintió en ese momento. Pero conforme transcurría la plática mi indiferencia se transformaba en morbo, así no pude dejar de preguntarle.
- Mira, desde antes que Adriana subiera a la recámara a hablar conmigo, yo ya me la estaba jalando al pie de las escaleras de la calentura. Sentí una mezcla de rabia, de celotipia [sic] y de adrenalina; pero también pensé que en el terreno de nuestros problemas pasados podríamos estar empatados, así que le dije a ella: te doy permiso de coger con él si es que así lo quieres. Yo notaba la respiración de Adriana sofocada. Todavía me lo preguntó dos veces más: ¿enserio estás seguro de lo que estás diciendo? Yo le dije que sí, e incrédula pero caliente me dijo: Bueno, te espero. Y yo le contesté que no, que en algún momento bajaría, pero que no me esperara para que no se inhibieran.
Luego comenzaron los gemidos que conforme fueron pasando los minutos se volvieron más intensos. Fue cuando decidí bajar. Esa imagen que tengo de ella empinada siendo ensartada por otro cabrón aún no la defino, pero fue intensa...muy intensa-.
- ¿Te integraste con ellos? - Le pregunté.
- No, la verdad solo me senté en el sillón de al lado para masturbarme mientras los miraba – respondió.
Aun es la fecha en la que no entiendo por qué una charla de café con un ex compañero de la preparatoria se tornó en una anécdota cuckold, si mi amigo Jorge nunca supo que yo estaba en este estilo de vida.
Después de un breve silencio le pregunté:
- Bueno, ¿pero qué pasó? ¿Se arreglaron las cosas con Adriana?-
Un largo trago de café y un suspiro igual de largo precedieron a su respuesta:
- No. Hace tres años que nos divorciamos. Ese pinche darketo la enamoró y ella me dejó. Pero en el pecado lleva la penitencia, porque Adriana pronto se aburrió de él y ahora vive con otro wey-.
Mientras me contaba eso, yo no dejé de pensar en la cruda ópera de Shostakovich, donde no hay personajes malos ni buenos, sino meras víctimas de las circunstancias, igual que en la historia que mi amigo acababa de confiarme.
Por eso decidí no hacer más preguntas. A cambio, también le hice una actualización de mi vida, incluidas todas las tragedias que me habían ocurrido desde que lo había dejado de ver cuando íbamos en la preparatoria.
Salvo uno que otro like que le dio a algunas publicaciones mías en Facebook , Jorge y yo nunca más volvimos a vernos.