Ese sábado, mi amiga y yo decidimos divertirnos en el legendario Bar Tuy. Para quienes no saben a lo que me refiero, ese bar es la antesala de lo que sucede en las habitaciones de un hotel swinger allá por la sórdida colonia de los doctores.
La noche parecía transcurrir en medio de la ruidosa música que solamente permitía a las parejas voltear con disimulo a otras mesas. Pero por ahí de las 2AM, antes de cerrar, el lugar nos recompensó con su ya célebre Hora Feliz.
En ese bar, la hora feliz no es el clásico 2x1 en bebidas. La Hora Feliz es ese momento en el que el grupo musical deja de tocar las cumbias, los merengues, los pasitos duranguenses, y cualquier otro ritmo de arrabal, cediéndole paso a la música suave y en el que se apagan todas las luces del local, en una invitación tácita que los presentes se supone debemos sobrentender.
Mi amiga y yo subimos a la pista a bailar mientras nos besábamos. Otras parejas hicieron lo mismo. Con la complicidad de la oscuridad, y a su vez con mis ojos intentando adaptarse a ver entre la penumbra, pude darme cuenta que a nuestro lado había una pareja mirándonos con insistencia. Ella era una mujer robusta, con enormes senos y pelo rizado. Su esposo era aun más robusto, como de 1.90, de bigote, calvo y con aspecto de esos hombres que son del norte. Al pasar los minutos, el disimulo se iba esfumando, abriendo paso al motivo que nos tenía ahí a todos.
Yo acaricié con mucha delicadeza a la señora, quien a corta distancia me pude dar cuenta que era una mujer muy guapa. Olía muy rico, y ese olor a limpio condujo mis labios a su cuello, al lóbulo de su oreja y obviamente a su boca. Para ese entonces, la pista estaba llena, y podía percibir ya un comunal faje entre todas las parejas que estaban ahí, de forma que mientras yo estaba besando a la mujer, y cuidando a que mi pareja estuviera bien atendida por el marido de la mujer a quien en ese momento estaba besando, poco era lo que podía hacer para saber de dónde venían todas esas manoseadas que yo sentía. En reciprocidad de circunstancias hice lo mismo: con una mano acariciaba el cuerpo de la señora mientras con la otra mano, tocaba los senos de alguna otra mujer que estaba ahí, en algún punto de la pista, fuera del alcance de mi vista pero al que mi mano llegaba a tener acceso.
Entre todo ese cóctel de sensaciones, me di cuenta que la mujer con la que estaba fajando, miró a mi amiga con esa mirada de deseo que justamente le gusta , así que ella le regresó una sonrisa y otra mirada coqueta.
No tardaron mucho en pasar a la acción. Después de las miradas, ellas se acariciaron los senos y se fundieron en un beso que me dejó fuera de la jugada. Así que para no estorbar, jalé a mi amiga para que se pusiera frente a la señora quedando yo detrás de ella, cuidándola de las manos de tantos singles que llegan a colarse y justo a esa hora suelen acercarse.
Mis manos seguían por doquier. A veces acariciando las nalgas de mi amiga, y a veces perdiéndose en los senos de alguna dama que me quedara cerca. De la misma forma, yo sentía cómo continuaban manoseándome. Incluso, algunas mujeres acercaban sus labios para compartir un beso de esos que das una sola vez a alguien a quien nunca más vuelves a ver.
De pronto sentí un jalón más fuerte de lo normal, como si en lugar de manosearme me estuvieran masturbando. Es ahí cuando traté de poner más atención. Cuando yo me detenía para ver quien me estaba jalando la verga, la mano dejaba de hacerlo y se perdía por unos segundos. E instantes después, nuevamente sentía la mano haciendo esos movimientos furtivos, como si le urgiera que me viniera entre sus dedos.
Así que en lugar de detenerme, entre ese momento bizarro de oscuridad, de cachondería colectiva y con la verga fuera de mi pantalón, seguí moviendo mi pelvis, como si nada ocurriera, pero a la caza de esa inédita mano chaquetera. Entonces calculé, y en un movimiento repentino, y por eso mismo quizás un poco rudo, pude sujetar el antebrazo de quien me estaba masturbando.
Era el antebrazo velludo y fortachón del marido de la mujer con la que mi pareja se encontraba cachondeando. Yo me sorprendí, pero no pude ni siquiera procesar nada, porque cuando lo sujeté estaba yo en medio de una pista de parejas todas fajando entre ellas, hecho que él aprovechó para zafarse, acercarse a su esposa, y en cuestión de segundos quitarla de la pista y esfumarse del área de cachondeo colectivo.
Yo aún me quedé otro rato bailando con mi pareja, hasta que volvieron a encender las luces. Habían pasado unos 15 minutos desde que ellos se habían retirado de la pista.
Estando ya en nuestra mesa, los busqué con mi mirada y no los vi más. Le pregunté al mesero si los había visto dándole la descripción física de ambos.
-Ah, sí. Pagaron pero hace como 10 minutos que ya se fueron - Me dijo.
He regresado a ese bar, pero nunca los volví a ver. Si alguna vez eso sucediera, me daría gusto coincidir con ellos, pero no creo que me animara a saludarlos. Después de todo, lo que pasó ese sábado, se quedó en el anonimato de esa oscura pista.